La
comunidad bear, que surgió como reacción contra un modelo de cultura gay
estandarizado que excluía otros cuerpos y otras formas de deseo, corre el
riesgo de convertirse a su vez en una cultura excluyente. Y lo que es peor,
aliándose con el régimen que produce la mayoría de los procesos de marginación
y odio homofóbico: el régimen heterosexual.
Escuchamos
cada vez más en boca de muchos osos expresiones como “la pluma no tiene
cabida en nuestra cultura”, “somos gente normal, no como esas locas
afeminadas”, “lo nuestro es la masculinidad natural”, etc... Sólo les falta
decir que los osos en realidad somos heterosexuales que por accidente follamos
con hombres. ¿Ahora resulta que la cultura de los osos es el retorno del hombre
de verdad, el de la copa de soberano y la faria, que lee el Marca mientras se
rasca los huevos antes de golpear a su mujer? La plumofobia que se respira
entre algunos osos (no todos, por suerte) supone una alianza repugnante con lo
peor del machismo y la misoginia (“en nuestros bares no entran chochos ni
locas”) que caracteriza la cultura dominante, es decir, hetero, y en el fondo
no es sino otra forma de homofobia.
Además,
esa posición de “somos normales” olvida que el mundo hetero va a seguir
aplicando su régimen, va a seguir considerándonos unos degenerados, una cosa
rara, o como mucho algo exótico, para dar un toque pintoresco en los programas
de la tele. Querer ser normal, o incluso querer ser un hombre, con todo lo que
eso implica, me parece una aspiración de lo más triste. Aunque parezca que los
heteros te “aceptan” en su mundo cuando te felicitan encantados “porque no se
te nota nada” (o sea, “porque no pareces un maricón de mierda, a los que no
soporto”), parece que algunos olvidan que el oso en realidad es una
monstruosidad ontológica, y en ello reside su gracia y su potencia subversiva.
Somos monstruos porque un hombre de verdad, como dios manda, natural, normal...
es hetero, folla con tías. Y el oso, mal que le pese a alguno, es maricón de
arriba abajo. Y ahí vienen los problemas para el cerebro binario hetero: “pero
¿cómo es esto?, un tío fuertote, peludo, barbudo, de 120 kilos, mas basto que
un arado... ¿folla con otros tíos?” ERROR. FILE NOT FOUND. WINDOWS DETECTÓ UN
FALLO EN EL SISTEMA. PLEASE, RESET. Los heterocircuitos del chip homófobo
empiezan a echar chispas, humo, y revientan. Y esa es precisamente nuestra
ventaja y nuestra conquista, nos gustan los rasgos masculinos y viriles, pero
sabemos que eso es tan artificioso como cualquier otra identidad, y lo ponemos
en cuestión precisamente con algo tan contradictorio como soltar pluma, algo
que, por cierto, hacen muchísimos osos. Rompemos el estereotipo de lo que
significa ser hombre, y eso es tremendamente subversivo: “sí, somos como tú de
viriles, pero resulta que somos maricas, nos gustan los hombres y además
podemos chillar como la que más o hablar en femenino si nos da la gana”. Se
trata de aprovechar la potencia performativa de nuestra posición paradójica
para desmantelar el dispositivo binario de sexo y género que regula nuestras
vidas y produce los odios y las persecuciones. En efecto, muchos osos tenemos
pluma, o nos encanta que la tengan otros osos, o nos podemos travestir si nos
apetece, o podemos bailar con más contoneos que Shakira, porque no hay ninguna
masculinidad esencial que reivindicar o proteger, eso es una ficción hetero. La
masculinidad y la feminidad son posiciones vacías, que no se corresponden con
los hombres y las mujeres. Por eso mismo hay también masculinidades sin hombres,
como demuestran muchas subculturas lesbianas (drag-kings, butchs, camioneras,
las garçonnes francesas de los años 20, las lesbianas leather, etc.). Judith
Halberstam ha estudiado todas estas subculturas en su fascinante libro “Female
masculinity”, libro muy recomendable para los que todavía piensan que lo
masculino es “cosa de hombres”.
Esta
paradoja está vinculada a otro de los tópicos de la cultura osuna: somos
naturales. Vamos, que los osos acabamos de bajar andando de los Picos de Europa.
Pero resulta que en vez de miel tomamos cerveza, éxtasis, popper, ghb, coca o
ketamina, y en vez de ir desnudos, vestimos camisas a cuadros, vaqueros,
cinturones, botas, gorras, tirantes, nos recortamos cuidadosamente la barba y
la perilla, nos afeitamos la cabeza, nos tatuamos... Curiosa naturaleza. Somos
una subcultura que juega y disfruta con los rasgos de la masculinidad, pero de
ahí a creerse que ésta existe como algo “natural” hay un peligroso paso. En
realidad esta palabra encierra otra trampa: la palabra “natural” significa
heterosexual. Para el código hetero, los hombres “de verdad” no se cuidan, no
se ponen camisas de licra, no se pintan, no llevan tacones, no chillan, no
lloran... es decir, son “naturales” (pero ojo, tampoco follan con tíos, eso es
“antinatural”). El problema es que la artificiosidad con que se construye el
hombre “de verdad” no se ve, es una omisión. Es silenciosa, muda. Supone
controlar sus gestos (¡esas manos!), sus voz (no grites!), sus ojos (no
mirarás el paquete ajeno), su cuerpo (¡esas caderas!; los hombres deben bailar
con la movilidad del robot R2D2, como mucho).
Lo
importante del código “natural” es obedecer a esa ley según la cual los hombres
no hacen cosas raras con su cuerpo ni con su vestimenta. Ese “no hacer” es lo
masculino, y en realidad se basa en “controlar”. Pero ese mismo el dispositivo
es tan artificial como la pluma. Lo que uno aprende desde pequeño - todos los
niños varones-, es a reprimir y controlar cualquier gesto, voz y deseo que
pueda revelar “afeminamiento”. Y si uno es marica, aprende mucho más rápido a
reprimir esos signos externos, hasta el punto de que a veces me pregunto si la
masculinidad excesiva de que hacemos gala los osos (esa voz grave, esos gestos
torpes, rudos y bruscos, esos abrazos golpeándonos las espaldas con fuerza, esa
exhibición del vello corporal) no son sino una consecuencia de ese
aprendizaje “quenosemenotequesoymarica” generado por el terror infantil a
ser descubierto. Ya se sabe, lo peor en un colegio es ser el niño mariquita.
Para disimular algunos aprendimos demasiado bien el código y nos hemos pasado.
Y por eso hablamos aquí de traición: los niños proto-osunos sobrevivimos en la
escuela y en el instituto con nuestros gestos machirulos y nuestra barba
precoz. “Pasamos” por hombres de verdad, algunos incluso jugábamos al fútbol.
Los niños menos obedientes, o peor adiestrados, de pluma incontrolable,
perecieron en el intento de ser normales (o ni siquiera lo intentaron, en un
gesto que les honra), se convirtieron en niños mariquitas, y sufrieron el
escarnio, la humillación, el insulto y la violencia. La misma violencia que
está detrás de frases como “entre los osos no tiene cabida la pluma”.
¿Los
osos plumófobos están orgullosos de colaborar con ese exterminio? ¿Cuál será el
siguiente paso hacia la normalidad, quedar con neonazis para ir juntos a
apalear maricas a los parques? Los osos estamos ahora en esta encrucijada
política: podemos reivindicar la diversidad, disfrutar de la pluma y cuestionar
la homogeneidad que supone “lo normal”, o podemos aliarnos con el enemigo en su
cruzada heterrorista en defensa de la masculinidad “natural”.

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