Por Javier
Sáez
En los
últimos años proliferan en el estado español dos subculturas gays que expresan
el deseo por los hombres “viriles”: los osos y los leather (cuero). Como
aficionado a ambas culturas, en mis paseos virtuales (por los chats) y reales
por los lugares de encuentro osunos y letherones he encontrado cierto tufillo
plumófobo que me da que pensar (no hablar en femenino, no soltar pluma, etc).
Podemos entender estas posiciones sobre la masculinidad de dos formas:
asumiendo que existen “hombres de verdad” (como la canción de Alaska o el
anuncio de Soberano), o bien mostrando que la masculinidad no deja de ser un
recurso tan artificial como la pluma.
En la
portada de revista Bear magazine, fundadora del movimiento bear, encontramos la
siguiente frase: “Masculinity without the trappings” (masculinidad sin
adornos). Esta frase nos remite a ese ideal del hombre “natural”, masculino,
recién salido del bosque con su hacha al hombro y su aroma sudoroso de macho
montañés. Pero cuando nos adentramos en las páginas de la revista encontramos
otra cosa bien distinta: más de la mitad del ejemplar son anuncios de objetos,
ropa y complementos ideales para la fabricación del oso perfecto: vaqueros,
camisas de cuadros tipo leñador, tirantes, gorras, botas de montaña,
cinturones, llaveros, muñequeras... O sea, un montón de “trappings” que,
colocados en un cuerpo más o menos gordo con una perilla perfectamente
recortada, constituyen ese hombre ‘natural’ tan ansiado.
Aunque nadie
cuestiona el atractivo de esa imagen para muchos de nosotros, es importante
señalar que la masculinidad no deja de ser una representación, lo que Butler
llama “una performance de género”.. El nombre de uno de los bares más famosos
para osos da cuenta, quizá a pesar suyo, de lo artificial de la masculinidad
osuna: “Bear factory”. En efecto, se trata de un proceso de ‘fabricación’ de
osos, donde uno asume esos requisitos estéticos y se construye como oso. Los
bares para osos de Sevilla siguen con la misma copla: “El hombre y el oso” y
“Man to man”, título que nos recuerda una de las peores frases de la tradición
heterosexista, cuando el padre se acercaba al hijo y le espetaba con eso de
“vamos a hablar de hombre a hombre”, frase que producía un pánico inmediato en
el hijo en el caso de que fuera marica.
En el mundo
leather la cosa no es menos teatral. La cultura del cuero valora también los
cuerpos masculinos y viriles, hasta el punto de no dejar entrar en sus bares a
las mujeres (como si la masculinidad fuera una cosa de hombres, cosa que
mujeres como Judith Halberstam –Female masculinity- o Del Lagrace Volcano
–Sublime Mutations- han cuestionado radicalmente con sus prácticas y sus libros).
Sin embargo, en la puerta del bar Eagle de Madrid encontramos toda una lista de
requisitos de entrada que nos dicen cómo alcanzar la masculinidad: ropa de
cuero, botas, zapatillas deportivas (no dice de qué marcas), uniformes
(suponemos que no vale el de las Concepcionistas, como ya señalaron en una
ocasión Paco Vidarte y Ricardo Llamas), trajes de bombero o de obrero de la
construcción, prohibido llevar colonia... Vista la lista de trajes, es fácil
comprender que la cultura leather se basa en el travestismo, por mucha rabia
que les dé esa palabra a los militantes leather más integristas (que no son
todos).
Los
movimientos bear y leather podrían ser un buen ejercicio de desvelamiento de la
fragilidad y provisionalidad de la masculinidad, en vez de convertirse en un
nuevo alegato de identidades esenciales y naturalizadas sobre lo masculino. De
hecho, el panorama no es tan triste como lo he pintado hasta ahora. Una de las
situaciones más divertidas y subversivas que podemos ver en este mundo es
cuando dos o más osos comienzan a soltar pluma como descosidos, o cuando a un
grupo de moteros leather chillan desesperados porque se les ha roto la
cremallera de la chupa de cuero (doy fe de que se trata de casos verídicos).
Estas situaciones rompen con el código de la masculinidad, y disuelven la
posibilidad de reforzar esa imagen del hombre cerrada y tradicional que tanto
contenta al dispositivo heterocentrado (¡que majos: son maricas pero no lo
parecen!). Lo subversivo de nuestras identidades es mostrar su fragilidad, como
un espejo que devuelve al sistema homófobo que nadie está a salvo, que no hay
un lugar seguro donde reposar la cabeza... o el culo.

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