Por Erick Felipe Cabrera Mocetón
Como resultado de un arduo proceso de normalización
impulsado por el establecimiento y sus dinámicas de mercado, se ha impuesto un
esquema único de belleza, en la que la estética y el buen gusto burgués se
manifiestan en ideales de cuerpos perfectos, cuerpos lampiños, con músculos
marcados y caras con rasgos suaves. Pero, eso no es solo un tema de
construcción corporal, sino además de racializacion. Es común escuchar aquello
de “negro ni el teléfono”, aludiendo a que las relaciones con personas
racializadas y leídas como “negros” no son una opción ni erótica ni afectiva.
Ese modelo de belleza impuesto de manera sistémica
se ha convertido en la primera característica de calificación entre sujetos
antes de tener cualquier tipo de relación. Lo primero que una persona analiza
antes de relacionarse con otra es su aspecto físico. En éste sentido, aquellos
cuerpos que resisten a la tiranía de la
belleza, terminan siendo desechados, marginados y limitados al grupo de los
cuerpos feos. Los osos sufrimos a
diario la opresión sistémica de la imposición de un modelo de belleza que
excluye naturalmente a los gordos y velludos. La resistencia osuna a la
regulación corporal pasa por muchos pretextos, como por aquello de que ser
delgado es más saludable que no serlo, o que los vellos en exceso causan
alergias, entre otras miles de mentiras que el sistema hipócrita utiliza para
determinar qué es realmente comercial o qué no lo es.
Lo anterior está atado de manera perenne a las
relaciones de consumo capitalistas, a la comunidad
gay de consumo, y a los estereotipos de la estética heteroburguesa en
decadencia.
¡Que
vivan los cuerpos en resistencia!
¡Arriban
las barrigas y los pelos!
¡Muerte
a la belleza!

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